Sra. Carol Westerlund (Uusimaa, Finlandia)
Ese hombre es como un árbol plantado a la orilla de un río, que da su fruto a su tiempo y jamás se marchitan sus hojas. ¡Todo lo que hace, le sale bien! - Salmo 1:3 (DHH)
En el bosque donde vivo existen principalmente dos tipos de árboles: abedules y pinos. En otoño, los abedules se vuelven de color amarillo dorado y luego pierden las hojas, alfombrando el bosque de un amarillo vibrante. Los troncos blancos quedan desnudos en los inviernos nevados. Temprano en la primavera rebrotan las pequeñas hojas que dejan ver los primeros rastros de la nueva estación.
Los pinos, por su parte, permanecen inmutables a lo largo del año. Su follaje es siempre verde. Los pinos y los abetos contrastan bellamente con la nieve. Son fuertes y estables y permanecen verdes, aunque la nieve se amontone sobre ellos.
Debido a que cambian, los abedules me recuerdan las circunstancias de nuestras vidas. Ocurren muchos cambios a lo largo de la vida. Cambiamos de empleo, las relaciones toman distintas formas y la salud fluctúa. Sin embargo, algunas cosas no cambian. Los pinos llevan mi mente a Dios. La Escritura afirma que «Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre» (Hebreos 13:8). Su gran amor por nosotros no cambia.
En medio del ajetreo de la vida, puedo hacer una pausa y reflexionar en que «su amor es eterno» (Salmo 136:1). Hallo consuelo al saber que podemos confiar en nuestro Señor, por siempre inmutable.
Cuando todo lo demás cambia puedo descansar en el amor infinito del Señor.
por quienes pasan por un tiempo de cambios
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