Sr. Masao Yanase (Prefectura de Saitama, Japón)
Cada uno dé como propuso en su corazón: no con tristeza, ni por obligación, porque Dios ama al dador alegre. - 2ª a los Corintios 9:7 (RVR)
Hace unos años vi a un hombre mayor sentado y temblando de frío en un estacionamiento cerca de mi oficina. Cuando le pregunté si se encontraba bien, me dijo que se había marchado de la casa y había llegado a Tokio tras un pleito con su esposa. Llorando, confesó que no había comido mucho y que tenía frío.
Recordando la historia del buen samaritano, llevé al hombre a un lugar comunitario, le compré algo de comer y ropa nueva. Además, le di algo de dinero para sus gastos esenciales. Le pedí que prometiera venir pronto a mi iglesia para orar juntos y también que regresara con su esposa tan pronto pudiese. Nos despedimos y no volví a tener noticias de él.
Cinco años después, recibí una llamada de una mujer que preguntaba si yo era la persona que había ayudado al hombre. Era la esposa de él. Tras agradecerme, me contó que él había fallecido, pero que en sus últimos momentos de vida le confesó que no había cumplido la promesa hecha a la persona que lo cuidó en Tokio. Pidió a su esposa y a su hija que fueran a la iglesia en su lugar y ofrecieran una oración de agradecimiento. Ella me contó que así lo hicieron, y que desde entonces están asistiendo a la iglesia y que se han bautizado. Colgué el teléfono, emocionado y derramando lágrimas de gratitud. La familia del aquel hombre experimentó el amor desbordante de Dios.
Mis actos de compasión reflejan el amor de Dios.
Por personas sin comida y sin refugio
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