Sra. Quennie Joyce Ibarra (Misamis Occidental, Filipinas)
...pues me viene a la memoria la fe sincera que hay en ti, la cual habitó primero en tu abuela Loida, y en tu madre Eunice, y estoy seguro que habita en ti también. - 2ª a Timoteo 1:5 (RVC)
Como ama de casa y madre de un niño pequeño, los días pueden ser repetitivos y agotadores. Es fácil perderse en la rutina y sentir que esa responsabilidad carece de importancia.
En una ocasión, después de dar gracias a Dios por nuestros alimentos, mi pequeño exclamó: «¡Gracias, Jesús! ¡Te amo, Jesús!». Justo cuando pensé que sus palabras no podían conmoverme más, mi hijo de dos años con una expresión solemne preguntó: «Papi, mami, ¿aman a Jesús?». Y respondí: «Sí, lo amamos, porque Él nos amó primero». Ese momento se sintió como una afirmación de Dios, recordándome que las cosas ordinarias que hago en casa tienen valor.
De vez en cuando, mi esposo me anima a reconocer que a través de la crianza fiel y gozosa de nuestro hijo, estamos invirtiendo en su vida espiritual, instruyéndolo en la fe y dejándole esa herencia de fe.
Esto me recordó el legado de fe descrito en la segunda carta a Timoteo: la fe de Loida, la abuela de Timoteo, luego su madre, Eunice, y finalmente, Timoteo. Es un recordatorio poderoso y fuente de ánimo de cómo nuestra fidelidad hoy no solo impacta a la siguiente generación sino toda la eternidad.
Dios puede usar mi vida ordinaria para un propósito eterno.
por las Madres de niños pequeños
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