Sr. Dickson Okorafor (Estado de Anambra, Nigeria)
Puse en el Señor toda mi esperanza; él se inclinó hacia mí y escuchó mi clamor. - Salmo 40:1 (NVI)
Perdí mi trabajo inesperadamente. Las facturas seguían aumentando. Mi autoestima estaba muy baja y me sentía abrumado por la ansiedad. Quería respuestas inmediatas y soluciones que eliminaran mis problemas. Desesperado, recurrí a la oración. Leí el Salmo 37:7: «Guarda silencio ante el Señor y espera en él con paciencia;...». ¿Silencio? ¿Esperar con paciencia? ¡Imposible! Aún, dentro de mí escuché un susurró: «¡Inténtalo!».
Al principio fue insoportable, pero con el tiempo sucedieron cosas extraordinarias. El nudo de ansiedad en mi pecho se fue aflojando y me invadió una sensación de confianza que no había sentido antes. Dediqué diez minutos al día a la reflexión silenciosa, creando un espacio para conectarme con Dios. Me uní a una comunidad de fe. Escribir mis oraciones me ayudó a enfocar mis pensamientos. Anotar tres cosas por las cuales dar gracias cambió mi actitud hacia la gratitud. Estos hábitos me aportaron paz, claridad y éxito.
Los salmos me ayudan a confiar en el tiempo de Dios y renunciar al control. Mi tiempo de espera no fue en vano. Esos meses me prepararon de maneras que no hubiese podido anticipar. Las Escrituras nos recuerdan que los caminos de Dios nos llevan a resultados mucho mejores de lo que podemos imaginar. La espera es transformadora ya que la paciencia refina nuestro carácter y profundiza nuestra confianza en Dios.
Las diciplinas espirituales me ayudan a guardar silencio y confiar en Dios.
Por mi comunidad de fe
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