Sra. Denise Kohlmeyer (Illinois, EE. UU.)
Señor y Dios mío, ¡ayúdame!; por tu gran misericordia, ¡sálvame! Así sabrán que esto viene de tu mano, y que eres tú, Señor, quien me ha salvado. - Salmo 109:26-27 (RVC)
Detrás de una imagen tranquila, yo era una adolescente resentida con un espíritu amargo. Me molestaba haber nacido en una familia bastante disfuncional. Veía otras familias sanas y me preguntaba por qué la mía no era así.
Durante años después de aceptar a Cristo, incluso como joven adulta, aún luchaba con esos sentimientos de ira y amargura. Pero los Salmos me dieron una forma de lidiar con mis emociones. En los hermosos poemas y canciones del rey David, vi reflejadas muchas de mis emociones. David se enfadó con sus enemigos. A veces estaba amargado por los asuntos de su vida.
Me sorprendió cómo David se dirigió a Dios fuertemente acerca de cómo se sentía. Pero, a la vez, me sentí reconfortada. Pude darme cuenta de que no hay ninguna emoción que no pueda expresar a nuestro Padre amoroso. Dios puede sobrellevar lo que yo tenga que decir y siempre me escucha.
Al dar a conocer mis sentimientos a Dios, descubrí que Dios pudo sanar mi corazón herido. Transformó mi ira y amargura para alcanzar un nivel donde reinaba la paz y el contentamiento. Dios, paciente y bondadoso, anhela sanar y transformarnos, no importa cuánto tiempo tome.
No hay límites a las emociones que pueda expresar a Dios.
Por familias que no se llevan bien
Responda pida su oración.