Sra. Marilyn H. Tinnin (Misisipi, EE. UU.)
Luego dijo a Tomás: Pon aquí tu dedo, y mira mis manos; y acerca tu mano, y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente. - Juan 20:27 (RVR)
Hace dieciocho años, el día de Viernes Santo, yo estaba en camino a la ciudad de Birmingham, en el estado de Alabama, Estados Unidos. Planeaba pasar el fin de semana de Pascua con mi hija que estaba en la universidad. El cielo lucía azul y la tierra estaba lista para la llegada de la primavera. Estaba alegre hasta que sonó mi teléfono celular. Mi médico me había enviado los resultados de mi reciente biopsia.
Me dio un vuelco el corazón y mis ojos se llenaron de lágrimas. Anteriormente, el médico estaba seguro de que mi mamografía irregular solo había sido una casualidad. Ahora, la palabra cáncer retumbaba en mis oídos, borrando la paz que había sentido segundos antes. En ese momento mi fe estaba débil como mi cuerpo. Pero en las semanas posteriores a la cirugía, mi fe creció y Dios suplió a mis necesidades poco a poco.
Hoy en día, las cicatrices visibles son un doloroso recordatorio de que soy sobreviviente de cáncer. Jesús también tenía cicatrices visibles. Me pregunto si Cristo guardó esas marcas de clavos por compasión a nosotros. La Biblia dice que Tomás tocó sus manos y su costado perforados. Cuando tomó forma humana, lo hizo para comprender todo lo que significa ser humano. Las cicatrices son recuerdos del dolor, y Jesús las comprende como solo quien ha soportado el dolor puede comprender.
Jesús escucha mis súplicas y comprende mi dolor.
Por LOS sobrevivientes de cáncer
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