Sra. Lori McGonegle (Alabama, EE. UU.)
Quédense tranquilos, que el Señor peleará por ustedes. - Éxodo 14:14 (RVC)
Eran las 2:30 de la mañana en un domingo de Pascua de Resurrección cuando mi esposo y yo recibimos una llamada que nuestro hijo de 17 años había sido arrestado. Cuando entramos a la cárcel, nos dimos cuenta de que un hombre mayor de edad caminaba detrás de nosotros, halando una hielera. Con lágrimas en los ojos y un nudo en la garganta, me acerqué a la ventana de la recepción y la recepcionista nos indicó tomar asiento y esperar. El hombre detrás de nosotros le dijo a la recepcionista que estaba allí para entregar golosinas para el servicio matutino de Resurrección. El hombre entró, y mi esposo y yo seguíamos esperando mientras las emociones se agitaban dentro de nosotros.
Después de entregar las golosinas vimos al hombre salir. Unos minutos más tarde volvió a entrar y se dirigió hacia nosotros. Nos miró dulcemente y dijo: «No sé si ustedes son cristianos o no, pero me gustaría orar con ustedes». Me brotaron lágrimas, pero al mismo tiempo me invadió una paz. Nos tomamos de las manos en la sala de espera de la cárcel, y ese extraño oró por nuestra familia. Me sentí llena de paz y amor en uno de los momentos más oscuros de mi vida.
Dios envió a este hombre para consolarnos cuando más lo necesitábamos. Si bien no hizo que nuestros problemas desaparecieran, nos recordó que Dios se preocupa y está con nosotros en medio de todo.
Oraré y consolaré a los demás cuando estén necesitados.
Por audacia a seguir el impulso de Dios
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