Sr. Adán Muñoz Castillo (La Araucanía, Chile)
Alma mía, en Dios solamente reposa, porque de él es mi esperanza. Él solamente es mi roca y mi salvación. Es mi refugio, no resbalaré. - Salmo 62:5-6 (RVR)
Siendo adolescente, vivía completamente desordenado. Poco a poco, fui viendo cómo mi vida se hundía en problemas y adicciones. Aunque mis amados padres daban todo por mí, yo no valoraba su esfuerzo. A los 18 años, comencé a sentir dolores en mi cuerpo, pero me mostraba como si todo estuviese bien, ocultando mi sufrimiento. El año 2001 fue una etapa de decadencia. En la secundaria no rendía académicamente, y citaban constantemente a mi madre por mi mal comportamiento. Sin embargo, olvidaba cada promesa de cambio y volvía a ser el mismo joven vacío y sin esperanza.
Un día, desahuciado por los médicos, me encontré en una sala de hospital. Mirando por la ventana, con el alma rota, clamé al cielo: «Si hay alguien más grande que yo, ven. Te necesito». Al día siguiente, un grupo de personas pasó por las salas del hospital orando y entregando folletos bíblicos. Una mujer de fe y esperanza oró por mí. En ese momento, lo único que pedí fue que mis padres me perdonaran, y que su amor no se acabara nunca. Y así fue — el amor de Dios nunca me abandonó, tampoco lo hicieron mis padres, quienes continuaron dándome amor, cuidado y cariño cuando más lo necesitaba.
Aquella sencilla oración tocó mi corazón ese día. Dios hizo un milagro. No solo me sanó físicamente, sino también me dio una nueva vida, un nuevo comienzo, restaurando mi alma, mi espíritu y mi cuerpo.
Somos hijos amados por Dios y eso es lo que cuenta.
Por padres preocupaDOS por sus hijos
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