«Señor, muéstrame tus caminos; guíame por tus senderos; guíame, encamíname en tu verdad, pues tú eres mi Dios y Salvador. ¡En ti confío a todas horas!». Salmo 25:4-5 (DHH)
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Cuando tenemos al Señor en nuestro corazón, el trabajo no es una tarea sino un don que podemos abrazar.
Mientras más miramos, de cerca, más detalles complejos de la obra de Dios veremos.
Cuando el camino a seguir no está claro, el Espíritu Santo es nuestro defensor y guía siempre fiel.
En abundancia o en necesidad, Dios nos llama a compartir con quienes nos rodean.
La hospitalidad no solo es ofrecer mis regalos a un invitado, sino también reconocer y aceptar los dones que otros traen.
Cada uno de nosotros es profundamente diferente, pero a los ojos del Señor, todos somos iguales.
Fíjense cómo crecen los lirios. No trabajan ni hilan; sin embargo, les digo que ni siquiera Salomón, con todo su esplendor, se vestía como uno de ellos (Lucas 12:27, NVI).
Ante mí yace el amanecer y el día. Déjame estar de pie a la luz del sol.